Malos tiempos corren para la obediencia debida al Derecho, nos dice el Sr. Peces Barba desde la tribuna de El País. E ilustra tal aserto con unos cuantos ejemplos sacados del mismo cajón: es el Partido Popular el que llega hasta el sacrilegio más insoportable en su desobediencia de las Leyes emanadas por los nuevos dioses: los ciudadanos, las instituciones democráticas, los principios, los valores y los derechos: son los dioses de nuestro tiempo, Don Gregorio dixit.
Lo de «los nuevos dioses» lo afirma el autor del artículo en oposición a esa Iglesia jerárquica que, según él, quiere retrotraerse a sus tesis más ultramontanas imponiendo urbi et orbi su código moral. Menos mal que el que fuera presidente del Congreso pertenecía al ala vaticanista del PSOE.
Resulta especialmente molesta esa parte de su exposición en la que- ¿deliberadamente?- una persona de su prestigio, versada en Derecho, confunde desobediencia con objeción de conciencia. Bien sabe él que la desobediencia puede venir de la pura conveniencia o de las estrategias utilitaristas más o menos viles de los partidos políticos. De hecho él se refiere a esto último. Pero pretende equiparar tal comportamiento con la objeción de conciencia sobrevenida siempre de una preocupación absolutamente personal por lo más justo y verdadero.
Sr. Peces Barba, «desobediencia», según los ejemplos por usted descritos, y objeción de conciencia son dos actos humanos absolutamente distintos en objeto e intención. Cuando alguien- por ejemplo, un médico forzado por la ley positiva a abortar- se ve obligado «a objetar en conciencia» sabe que no sacará ningún rédito para su persona ni para su familia en el sentido de obtener ventajas de ningún tipo. Sin embargo, el Partido que desobedece una ley emanada del Parlamento o una sentencia del Tribunal Constitucional- me refiero a los ejemplos puestos por usted mismo- buscan réditos políticos del tipo que sea, además de que no ha habido una decisión en conciencia de tipo estrictamente personal sino el «ordeno y mando» de los jerarcas del partido.
Me permito, finalmente, proponer un pensamiento que estimo muy sano sobre estas difíciles cuestiones con la intención de poder hacer un poco de luz al respecto. Me remito al artículo de Don Pablo Domínguez Prieto titulado Raíces de la cultura actual, publicado en la obra En la escuela del Logos. A Pablo Domínguez, in memoriam:
No es extraño que en esa época (refiriéndose a La Ilustración) surjan escuelas que resalten la fortaleza del derecho positivo como norma ética. Aquí, frente al iusnaturalismo, se confunde la legalidad de la ley con su licitud. Desde una perspectiva realista podemos sostener, sin embargo, que para que las leyes sean legítimas no es suficiente que hayan sido emanadas de la autoridad competente y carezca de vicio formal. «El simple hecho de ser declarada por el poder legislativo una norma obligatoria en el Estado, tomado aisladamente y en sí mismo, no basta para crear un verdadero derecho. Aplicar el criterio del simple hecho al legislador humano indistinta y definitivamente, como si su ley fuera la norma suprema del derecho, es el error del positivismo jurídico…error que está en la base del absolutismo del Estado y que equivale a una deificación del Estado mismo (1).
Es preciso que las leyes sean justas y no con justicia humana, pues la autoridad no debe considerarse exenta de sometimiento a otra superior (…), la autoridad consiste en la facultad de mandar según la recta razón. Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede del orden moral, que tiene a Dios como primer principio y último fin (2).
Sr. Peces Barba, tengo para mí que los que somos cristianos católicos no debemos pedir permiso ni a los positivistas ni a nadie para proponer al mundo aquello que creemos más acorde con la recta razón y con nuestra propia conciencia. Estará usted de acuerdo conmigo en que acoger esta propuesta u otras distintas es de lo más saludable en la sociedad democrática que casi todos defendemos. A menos que usted se vaya acercando peligrosamente a ese absolutismo de Estado que equivale a la deificación del Estado mismo.
Al fin y al cabo es usted el que ha hablado de los nuevos dioses en cuyo altar, por lo visto, pretende sacrificar la Razón y la Libertad humanas. Muchos no estamos por tal ofrenda de nuestras vidas, así que siempre nos verá defendiendo la recta y justa objeción de conciencia.
Miguel Ángel Ortega
(1) Pío XII, Discurso, 13 de noviembre 1949 (AAS 41)
(2) Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, 11 de abril 1963 (AAS 55)
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No hay enemigo peor que un converso. Pretende hacerse perdonar que algún día estuvo de acuerdo con nosotros.
El Sr Peces Barba me aburre con sus continuos cambios y acomodamientos.El también quiere imponernos su religión por lo civil.Pesado!!
Gracias Miguel por este interesate artículo.
Da un poco de vergüenza ajena seguir leyendo a estas alturas la idea prehistórica de que los principios éticos necesitan de dioses y demonios para sostenerse. Si tal cosa fuera cierta estaríamos condenados al subjetivismo de 4 iluminados que se autoerigen en voceros de su particular concepción de lo divino y lo humano. Menos mal que la ética no se fundamenta en falsos cielos ni realidades hipostasiadas, sino que es una profana tecnología de resolución de problemas de la convivencia humana, ni más ni menos.
Gracias Miguel muy bueno. De todas formas no hay que dejarse engañar, el tema no es derecho positivo vs ley natural. El ius positivismo solo es un argumento que se usa cuando conviene y gobierna la izquierda. No se oyó ningún comentario del estilo cuando el PP aprobó en el parlamento el apoyo a la guerra de Irak. Entonces la izquierda si que defendía una moral (y eso que a mi me parece que esa guerra no tenía un pase). Pero sin ánimo de politizar el tema, aunque lo niegue Peces también tiene unos valores, quizás basados en el odio y el rechazo y es lo que quiere imponer, como bien dice resumidamente Agueda (y sino, por qué tanto empeño en obligar a los médicos a que practiquen abortos o a los niños a que acuedan a las clases de EpC?). Nos guste o no, lo asumamos o no, todos los hombres tenemos una misma naturaleza, igual que respondemos a una misma conformación corporal y cuantos antes lo asumamos y más acorde con ella nos comportemos mejor nos irá.
Eso de que los hombres tenemos una misma naturaleza es una vaguedad metafísica de la que no se deduce más que lo que previamente hayamos puesto sobre el concepto de naturaleza. Esta es la raiz del fracaso del iusnaturalismo, más acentuado si cabe en su dimensión religiosa por la inconmensurabilidad de los postulados teológicos a los que pretende engancharse. Lo más sensato, en cambio, es afirmar que somos lo que hacemos, nuestra esencia es el existir mismo, y éste se despliega en la Historia. Nuestro ser se caracteriza por su historicidad. Por tanto la única manera de universalizar una moral es mirando muy bien la historia de la convivencia humana a ver cómo hemos ido respondiendo a los problemas que ésta nos plantea. La moral es una tecnología humana, ni más ni menos.
No somos lo que hacemos sino que hacemos lo que somos. Es mucho mas racional afirmar que el obrar sigue al ser, no que el ser siga al obrar- operari sequitur esse-. El fuego “opera” quemando gracias a su naturaleza, no podrá jamás enfriar nada.
Es evidente que se obra según lo que se es, no al contrario.
Nuestra esencia se despliega en el existir pero no es el existir. Nuestra esencia la deducimos de las operaciones que manifestamos: seres racionales que aman y actúan en libertad (con importantes limitaciones). Por ello la moral no viene de unas normas extrínsecas, impuestas desde fuera. Tampoco es un convenio que conduce a un callejón sin salida.Ni mucho menos es tecnología humana ya que el hombre no es un puro mecanismo. La moral viene de descubrir que lo mejor para el hombre es elegir actuar de forma acorde con su naturaleza, con lo que es.
Lo que ocurre es que si se desonfía de la capacidad humana de conocimiento de la realidad, entonces la única alternativa es la que propone Urbek: puro historicismo, consenso, pura dialéctica de la Naturaleza.
Peces Barba es sin duda el máximo exponente actual del despotismo chocheante.
Usted parte de un prejuicio que le atenaza en virtud del cual el hecho de que la moral sea un mero artefacto erigido a lo largo de la historia humana nos condenaría al caos o al positivismo entendido éste como la ley del más fuerte. La sacrosanta ciencia (léase, la actividad científica, su método) con la que mandamos hombres a la Luna y cuya autoridad enarbolan hoy en día tirios y troyanos (véase la propuesta de diseño inteligente) tiene esa misma naturaleza y nadie en su sano juicio es capaz de negar sus logros. El relativismo no nos sume en una selvática y salvaje oscuridad salvo si lo confundimos con arbitrariedad. Lo que sí nos lleva a la catástrofe es el absolutismo implícito en las afirmaciones religiosas. ¿Acaso puede demostrar usted que el fundamento de sus 10 mandamientos, su dios, existe? El fracaso de la teología en esta tarea significa que afirmar la moral subsecuente como verdadera, eterna, inmutable y absoluta es un acto injustificable y criminal, auténtica tropelía intelectual que nos lleva de cabeza al subjetivismo, al criterio de autoridad y al totalitarismo de la sinrazón.
Los diez mandamientos coinciden punto con punto con la moral natural que rige en cualquier lugar del mundo que nunca haya oído hablar del cristianismo. Por eso hablamos de moral natural, y esa moral nos dice (sin necesidad de que nadie lo enseñe) que matar es malo.
En ningún cielo platónico eterno e inmutable está escrito que matar sea malo, y de hecho contínuamente se están cometiendo y justificando matanzas por doquier, y también hay quienes se inmolan no por capricho sino en cumplimiento de principios superiores al del mantenimiento de su propia vida. Usted está instalada ingenuamente en un maniqueo mito no ya meramente religioso, sino antropológico y filosófico. Establecer que matar deba considerarse malo no es una ley de la naturaleza, sino una propuesta de solución en el seno del proyecto humano de cómo organizar la convivencia; y de hecho es un proyecto laico, pues gran parte de las religiones menosprecian la muerte por ser tránsito a otra forma de existencia. Como cualquier principio ético no se demuestra, sino que se justifica.