La revisión de las claves proporcionadas por el discurso de este año de Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático, nos lleva, antes de nada, a la más fundamental: la clarificación de la raíz y el verdadero alcance de la actual crisis.
Para el Santo Padre, «el momento actual está marcado lamentablemente por un profundo malestar y por diversas crisis: económicas, políticas y sociales», que no son sino la «expresión dramática» de una crisis mucho más profunda y radical: «el hombre no reconoce ya su vínculo con el Creador, poniendo en peligro asimismo su relación con las demás criaturas y con la creación misma». Y «allí donde no resplandece la luz divina el mundo está en sombras».
Es verdad que hoy conviven crisis muy diferentes: la económico-financiera, la educativa, de la familia, la de la representación política… Y para superarlas es indispensable aceptar que cada una de ellas obedece a las reglas propias de su ámbito. Pero todas tienen algo en común: la crisis de la persona. Por eso, como subrayó Benedicto XVI en Caritas in Veritate, la cuestión social es hoy esencialmente una cuestión antropológica, cuya solución remite necesariamente a la aceptación, con todas sus consecuencias, de nuestra condición de criaturas. La recuperación de la presencia de Dios de nuestra vida personal y comunitaria es, por este motivo, la cuestión crucial de nuestro tiempo.
Sentada esta premisa, el Papa menciona ante todo «las graves y preocupantes consecuencias de la crisis económica y financiera mundial», que ha golpeado a familias y empresas, «creando una situación en la que muchos, sobre todo jóvenes, se han sentido desorientados y frustrados en sus aspiraciones de un futuro sereno».
Ante esta realidad, el Santo Padre nos invita a no desanimarnos sino más bien a «reemprender con decisión nuestro camino, con nuevas formas de compromiso». La crisis, en efecto, «puede y debe ser un acicate para reflexionar sobre la existencia humana y la importancia de su dimensión ética, antes que sobre los mecanismos que gobiernan la vida económica: no solo para intentar encauzar las partes individuales o las economías nacionales, sino para dar nuevas reglas que aseguren a todos la posibilidad de vivir dignamente y desarrollar sus capacidades en bien de toda la comunidad».
El Papa ejemplifica las dificultades y los retos de este camino en el «vasto movimiento de reivindicación de reformas y de participación más activa en la vida política y social», puesto en marcha por los jóvenes más afectados por los efectos de la actual incertidumbre, especialmente en África del Norte y Oriente Medio.
Es difícil en este momento, según el Santo Padre, trazar un balance definitivo de estos movimientos sociales, pero sí le parece evidente que «el modo adecuado de continuar el camino emprendido pasa por el reconocimiento de la dignidad inalienable de toda persona humana y de sus derechos fundamentales».
Es esta otra de las claves fundamentales de nuestro tiempo: «el respeto de la persona debe estar en el centro de las instituciones y las leyes, debe contribuir a acabar con la violencia y prevenir el riesgo de que la debida atención a las demandas de los ciudadanos y la necesaria solidaridad social se transformen en meros instrumentos para conservar o conquistar el poder».
No se trata, por tanto, solamente de garantizar marcos de democracia formal; «la construcción de sociedades estables y reconciliadas, que se oponen a toda discriminación injusta, en particular de orden religioso, constituye un horizonte que es más amplio y va más allá de las simples elecciones».
Jaime Urcelay
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No confundir el apoyo del Papa a los jóvenes con una justificación de los indignados españoles.